viernes, 28 de noviembre de 2025

Experiencias Cercanas a la Muerte

Esta mañana, mi Mujer y Yo hemos ido a la Playa. Por lo general, ella toma el Sol, mientras yo me baño en el Agua. Cuando ya estoy arrugado como una pasa, me doy una ducha, me seco al Sol y damos un paseo juntos por la Arena. De vuelta en la toalla, mi Mujer sigue ligando bronce, y yo me voy a andar entre las Rocas, con cuidado de no resbalarme con el Verdín.

Hoy la marea estaba bajando, y en las Rocas que el Agua dejaba al descubierto, se veía que el Verdín estaba recién húmedo. Saltando como un niño de ciudad que evita pisar las rayas de las baldosas, he llegado hasta un punto, a partir del cual, no sabía cómo seguir. De repente, me he visto rodeado de Rocas llenas de Verdín y Algas resbaladizas. Entonces, he dado un mal paso con mi pie izquierdo y me he caído cuan largo era. En los tres segundos que habré volado por los aires, me he visto mentalmente como un rematador de chilena haciendo la tijera. He aterrizado a plomo sobre el mentón, a la vez que notaba un fuerte golpe en la sien. No sé cuánto tiempo habrá tardado mi cuerpo en seguirle a mi cabeza (ahora que lo pienso, seguramente, décimas de segundo), pero me ha parecido una auténtica eternidad. De hecho, en un primer momento, creía que me había matado, ¡tan desorientado estaba por el duro impacto! Después, he empezado a palparme el mentón, la sien, el pecho, el vientre, las caderas, las piernas, y me ha extrañado no ver ni una gota de sangre en mis dedos. Quitando alguna rozadura en las rodillas, que no tardaría en sangrar, me había librado de una buena. He conseguido levantarme por mi propio pie y, echando un vistazo alrededor, nadie parecía haberse dado cuenta de lo que me había pasado. Una pareja se acercaba a media distancia, pero estaban muy concentrados midiendo en qué roca pisar. Más cerca de mí, un Aitite y su Nieto, metían aquí y allá su redeño entre las Rocas, intentando sacar algún pulpo. Después de comprobar que podía andar, he regresado lentamente a donde estaba mi Mujer. Aunque he preferido no contarle nada, enseguida se ha dado cuenta de que me aburría, y eso suele significar que el día de Playa se ha acabado para mí. Así que, comprensiva, poco rato después, me ha propuesto recoger los bártulos y nos hemos vuelto a Casa, a tiempo para comer. En la sobremesa, Yo seguía absorto en mis pensamientos, recordando la hostia que me había dado, y cuando nos hemos sentado en el sofá a ver la tele, mi Mujer no ha podido aguantar más y me ha soltado: “Chico, ¡estás de un raro!, ¿se puede saber qué demonios te pasa?” Como me he quedado en silencio, mi Mujer ha apagado el televisor y, señalando en dirección a nuestro dormitorio, me ha conminado a ir al cuarto. “¡Estoy harta de tu pasotismo, esto lo arreglo yo en un pis pas!”, me ha espetado. Y, cogiéndome de la mano, me ha obligado a tumbarme en la cama y me ha hecho una mamada de campeonato: alternando succiones, como si estuviera comiéndose mi polo de fresa, y soplidos, como si quisiera extraer una divertida melodía de mi trompeta. Cuando le he advertido que estaba a punto de correrme, ella ha seguido, como si nada, hasta que, con estupor, he derramado mi esperma en su boca. Una vez ha acabado de exprimir hasta la última gota de mi semen, mi Mujer ha salido corriendo a escupir en el lavabo y limpiarse la boca. Cuando ha venido del baño, Yo ya me había dado media vuelta y roncaba como un Lirón. Aunque, en realidad, el sonido que emito (lo sé, porque mi Mujer me ha hecho escuchar grabaciones mías), se asemeja más al de un aserradero a pleno rendimiento. En mi sueño, me subía a un árbol y me encaramaba a una rama, con tan mala suerte, que mi brazo derecho (tengo una parálisis de nacimiento en el músculo braquial que ha impedido su total desarrollo) me fallaba y caía de bruces sobre la hierba, quedándome sin respiración durante unos infinitos segundos. Se conoce que me he hecho un corte con una rama, porque, al levantarme, sangraba por la cara y lo veía todo envuelto en una niebla roja. Igual que la pantalla del Cine de Verano se teñía de sangre cuando, de niños, los Bucaneros arrojaban a un Mar infestado de Tiburones a los rehenes que no querían confesar dónde guardaban el Tesoro. Me he despertado de la siesta sudando y  sobresaltado, con la Banda Sonora (chunchun-chunchun-chunchun) de Tiburón clavada en mi cabeza y me he abrazado a mi Mujer como a un Bote Salvavidas.

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