La tarde era una serpiente en caravana por la autopista más lenta de este lado del paraíso y llegué a Donostia-San Sebastián sin mayores sobresaltos que tener que aparcar un poco a desmano de Anoeta. Me pertreché de bokata y litrona cual preadolescente en noche de viernes, y me apalanqué en un parque como un domingo con prensa más. Esperé hasta que los sonidos del entreacto, tras el telonero Interpol, apuntaban el descenso de U2, y allá que me fui a pisar el césped, 10 de la noche bajo un cielo estrellado, que no Under a Blood Red Sky, y con la cúpula/pulpo 360 coronando las egregias cabezas de sus veneradas majestades.