Alazne miró por la ventanilla del autobús y saludó con un distendido giro de muñeca a su vecina. Se acomodó en su asiento y seguido se enfrascó en la novela que leía a ratos muertos entre semana. Para su sorpresa, le costó retomar el hilo argumental de la historia que tenía entre manos. Así que dejó volar su imaginación hasta el lecho donde a esa temprana hora aún retozaría Julen.