Pongamos que se llama Beatriz y digamos que ha salido de casa sin decir adónde iba. En su secretismo, Beatriz ha bajado al río a darse un baño y practicar sus abluciones, y ahora retoza en la orilla, su cuerpo recostado en escorzo, ofreciéndonos siquiera la blancura pura de su cuello, las rodillas levemente flexionadas y las manos delicadamente caídas nos ocultan su joyita, el pecho apenas cubierto por un deshabillé que flota en la brisa.